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Danza de los arrieros

Homenaje al Pasado

En Capulhuac, en el centro del Estado de México, se adoptó en el siglo XVII un oficio que se extendió como tradición a sus alrededores: el arriero.

Cuando no existía aún el ferrocarril, los arrieros viajaban por atajos, caminos y parajes transportando mercancías a los puertos y mercados de aquella época. Desde las costas del Pacífico, los arrieros caminaban con sus mulas a la Ciudad de México, Toluca, Puebla y Querétaro, en caravanas cargadas que los comerciantes de toda la ruta esperaban con ansias.

Todo pasaba por Capulhuac. Por eso sus habitantes encontraron en el oficio, una forma de vida que se propagó por generaciones. Pero a la llegada del ferrocarril ésta se extinguió hasta convertirse en una tradición dancística y festiva, en la que los habitantes de algunas zonas del Estado de México encuentran los vestigios y el orgullo de su identidad y su cultura.

No hay una danza de arrieros específica, sino muchas. Así se le nombra en realidad al grupo de cantos que se bailan durante las fiestas patronales de algunos pueblos como Ocoyoacac, Malinalco, Capulhuac, Ameyalco y Almoloya del Río, entre otros. En la región, no hay fiesta que se respete sin arrieros.

Los danzantes llegan vestidos como los personajes de antaño, con sus trajes blancos bordados en los costados, con su sombrero, su paliacate, sus huaraches y hasta su mula decorada con huacales llenos de frutas y papeles de colores.  Dicen que para ser arriero había que ser valiente para enfrentar los peligros del camino, y duros para aguantar las adversidades del trote, del frío, el calor, los bichos y las enfermedades. Se mal comía pero se viajaba, se sufría pero se gozaba.

La representación incluye a todos los cargos de las cuadrillas: el patrón, que era el principal; el mayordomo, que transmitía las órdenes; el rayador que era el que pagaba; los cargadores, que se encargaban de distribuir lo transportado en todos los animales, y los xocoyotes que eran los niños que aprendían el oficio.

Durante la fiesta, una banda toca sones y jarabes a los que se intercalan coplas y alabanzas a la cuadrilla o a San Bartolomé, patrono de los arrieros. Los regalos que cargan las mulas se bailan entre la gente y se ofrecen a todos para disfrutar del festejo, luego se canta, se vuelve a bailar y a cantar de nuevo…

El mayordomo de la fiesta es el encargado de comprar la comida para todos los asistentes. Para los mexiquenses de la región es un honor ser el mayordomo. Se inscriben hasta 10 años antes de poder ser elegidos por la comunidad. Durante este lapso se va llenando una alcancía para cuando llegue la ocasión, y se crían los borregos que se sacrificarán para el banquete.

La celebración concluye con la “Danza del Negrito”, que representa los peligros del camino. El negrito, generalmente un niño con la cara cubierta de carbón, baila a sus anchas entre la gente. A pesar de ser el malo del cuento, es un personaje consentido, quizá porque al final de los dos días de danza es perseguido y llevado hasta un árbol donde pronuncia sus últimas palabras: "Ya me voy, hijos míos, ai’ les van estas gallinas, ai’ les van estas monedas...", y  acto seguido, avienta al público todo lo que robó a los arrieros. Luego suenan las campanas.

La tradición establece que el final de la fiesta, el negrito y los arrieros regresan al árbol para despedirse de él y cantarle la última canción. Es así como el pasado y el ritual se convierten en un eslabón que une con fuerza el presente y el futuro del pueblo mexiquense.

Danza de los arrieros

Conoce más sobre la historia de esta Danza Tradicional de México.

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