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El Callejón del Ratón

Una Inesperada Amistad

A finales del siglo XIX, en Lagos de Moreno vivía un hombre de gran corazón llamado Francisco Pérez, conocido por hacer las más deliciosas golosinas del lugar, las cuales vendía en un centavo cada una.

Un día mientras preparaba sus manjares, don Pancho, como le decían de cariño, vio cómo un ratoncito de pelo café y nariz rosa se asomaba de un agujero en la pared. En lugar de reaccionar alarmado e intentarle lastimar, don Pancho sintió mucha ternura al verlo directamente a sus ojos brillantes, como canicas.

Sonriendo le aventó pequeños recortes de dulces a su visitante, el cual corrió a ellos y los comió rápidamente, confiando totalmente en las intenciones de su benefactor. Al terminar regresó al agujero.

Después de esa ocasión el ratoncito acompañó a don Pancho diariamente, mientras éste hacía sus dulces y le regalaba pedacitos como agradecimiento por su compañía.

Una mañana el dulcero amaneció enfermo, resultado de una indigestión por comer tamales la noche anterior. La curandera del pueblo fue a visitarlo y le dio un menjurje para el empacho, cobró dos reales por la visita al pobre hombre que dependía del trabajo diario y se fue, prometiendo regresar.

Sin poder trabajar y vender dulces, los pocos ahorros de don Pancho se fueron agotando entre compra de alimentos y pagos a la curandera, mientras el ratoncito le hacía reír con piruetas y correrías.

El dulcero jamás dejó de compartir su comida con el pequeño ratón, sin importar lo poco que tuviera para el día.

Pero una mañana, totalmente pálido, don Pedro aceptó ante su amigo que ya no tenía más dinero y probablemente agotaría su comida en dos días… fue entonces cuando el ratón se paró en sus patas traseras y sus ojos brillaron de una forma especial. Corrió a su agujero y el silencio del cuarto se interrumpió con el sonido de sus patas rascando el yeso de la pared. Unos minutos después volvió rodando una moneda de tostón de plata.

Don Pancho no podía creerlo, era suficiente para comer una semana.

Desafortunadamente el señor nunca pudo recuperarse y a pesar de que el ratoncito llevaba una moneda cada semana, su salud empeoró.

Casi en su lecho de muerte, recibió la visita de sus nietas, a quienes les platicó del milagro del ratón y les pidió que cuando muriera velaran para que siempre tuviera agua y comida.

Don Francisco Pérez murió e inmediatamente después de darle sepultura las codiciosas nietas regresaron a la casa con barretas para derribar la pared donde estaba el agujero, seguras de encontrar una fortuna.

No encontraron nada y completamente sucias y despeinadas regresaron a su casa, mientras la gente que las veía pasar se reía al verlas empolvadas. Frustradas por creerse la historia, decidieron encerrarse por una semana para que nadie hablara de ellas.

Al ratón nunca lo volvieron a ver… su presencia sólo quedó en la historia del pequeño callejón donde se formó la más inesperada de las amistades.

El Callejón del Ratón

Conoce esta extraordinaria historia de la Leyenda del Callejón del Ratón.

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