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Artesanía de Talavera

Una Historia de Excelencia

Puebla, la ciudad colonial más grande de México, tiene un arte que la distingue en el mundo: la talavera. 

Sin embargo, la talavera poblana no es la talavera tradicional.

La historia de este arte cerámico es, como los objetos que produce, un antiguo mosaico cristalizado formado por conquistadores y conquistados, por navegantes y reinas, por guerras, reglamentos, decretos y leyes.

Se llama “talavera poblana” a las piezas de barro cocido con un acabado vítreo en color blanco marfileño, sobre el que se plasman infinitos motivos de decoración. A lo largo de los siglos se ha ido perfeccionando ésta técnica; desde la antigua China, hasta la vieja Italia, la España musulmana, y eventualmente en los talleres de los artesanos poblanos.

Su origen en México comienza como el de muchas otras artesanías que gozan de popularidad actual: con la llegada de los españoles. Los misioneros y constructores de edificios y templos introdujeron la técnica para el terminado distintivo de sus obras. Los mosaicos eran en aquel entonces sinónimo de opulencia y buen gusto. La complicada elaboración de la cerámica, y su final belleza, ostentaban refinamiento y riqueza. No cualquiera podía hacer talavera y no cualquiera podía adquirirla.

En el siglo XVI, llegaron los primeros artesanos de España para enseñar a los indígenas cómo hacerla. Las características de la tierra y su abundancia en los alrededores de Puebla, propiciaron la instalación de los primeros talleres formales de cerámica.  

Pronto, Puebla se convirtió en el centro de producción de talavera más importante de la Nueva España. Desde la ciudad se exportaba a Guatemala, Colombia, Cuba, Santo Domingo y Perú.

Este arte alcanzó su auge en 1650 y se mantuvo en la cima durante un siglo. Era tal el tamaño de la industria, que el Virrey tuvo que promulgar regulaciones, organizar los gremios y establecer estándares de calidad. En 1653, las leyes dejaron claro quiénes sí y quiénes no podían llamarse artesanos, cómo tenía que decorarse, qué materiales emplear, cuáles debían considerarse falsificaciones y qué características deberían tener las mercancías para ser de calidad fina, medianamente fina, o de uso diario.

A este periodo se le conoce como la “Era Dorada de la Talavera”, a pesar de que el decreto oficial prohibía su fabricación a cualquier “negro, mulato, ni otra persona de color turbado”… No sólo se reproducían los elementos decorativos de la tradición española e italiana, sino que en esta época, nuevos diseños e influencias se adoptaron de la cerámica china de la Dinastía Ming, que ingresaba al país en los galeones provenientes de Manila.

Luego vino la Guerra de Independencia y la actividad colapsó, en parte por la convulsión sufrida por la guerra y en parte por la introducción de cerámicas inglesas que por su bajo costo presentaron una competencia difícil de superar por las técnicas manufacturares poblanas.

Poco después, un letargo sobrevino para la tradición poblana. Otros estados del país, como Guanajuato y Jalisco, comenzaron a producir la talavera. Los talleres disminuyeron en Puebla y el antiguo arte, sin elementos innovadores, sin el atractivo económico que supuso en otra época y con cada vez menos arraigo entre sus habitantes, se tambaleó de su trono.

En 1897, llegó a Puebla, desde Cataluña, Enrique Luis Ventosa, quien con su entusiasmo por los testimonios artísticos que la talavera había diseminado en la cultura mexicana, impulsó nuevos talleres y técnicas que representaron un asidero para la tradición.

En 1922, Ventosa instaló un taller en asociación con el joven alfarero Ysauro Martínez Uriarte. Juntos, incorporaron a los antiguos diseños influencias precolombinas y de art-nouveau, y promovieron la restauración de los estándares de calidad.

En 1997 se estableció la denominación de origen para el producto, que restringe su elaboración al estado de Puebla con el fin de garantizar los elementos que proporcionan calidad a sus piezas. Existen 17 talleres acreditados para la producción de talavera, de acuerdo a la tradición de las viejas técnicas que no se han modificado al paso de los siglos, se emplea a 250 personas y se exportan las mercancías a Estados Unidos, Canadá, Suramérica y Europa.

La talavera poblana es una de las tradiciones culturales que exaltan la imaginación y la creatividad de nuestro pueblo, consecuencia, como ella, de un mestizaje profundo de personas y culturas del mundo.

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