None

El popo y el izta

Una Promesa Eterna

Hace muchas lunas y muchos soles existió un pueblo al que los dioses llamaron tlaxcaltecas. Eran hombres de paz, pero no la tenían porque de otros caminos llegó un pueblo a someterlos y esclavizarlos, un pueblo poderoso al que todos temían… los mexicas.

Entre los tlaxcaltecas nació una princesa, tan bella, que su rostro competía con el de las nubes, las montañas y las estrellas. Se llamaba Iztaccíhuatl.

Entre los tlaxcaltecas nació un hombre pobre y valeroso, le llamaban Popocatépetl.

Un día llegó un viento que sopló entre ellos. El viento iba de Iztaccíhuatl a Popocatépetl, y volvía a ella; este viento se metió entre sus cuerpos y los amarró con un amor del que jamás podrían liberarse.

Popocatépetl fue ante el padre de Iztaccíhuatl y le confesó que amaba a su hija; que haría cualquier cosa para estar siempre a su lado. El padre, rey de los tlaxcaltecas, le respondió que fuera a la batalla y le trajera la cabeza de sus enemigos, los mexicas.

Popo se despidió de Iztaccíhuatl y partió a la guerra. Pasaron los días, las semanas, los meses y Popo no volvió.

Otro guerrero enamorado se acercó a Iztaccíhuatl y le confesó que Popo había muerto en el combate. La princesa se hundió en la desesperación durante muchos soles, muchas lunas y muchas lluvias.

Poco a poco su belleza se fue transformando en tristeza. Su rostro luminoso se nubló para siempre, su piel se marchitó como la tierra seca. El pueblo tlaxcalteca sentía pena por Iztaccíhuatl.

Ni el viento la salvó. Con el tiempo su pena se volvió abrumadora, y murió.

Pero murió mal, porque murió por una mentira. Agotado, herido y confundido, Popo llegó ése mismo día de la guerra. Su pueblo había sido derrotado otra vez y después de mucho tiempo él había escapado de la celda en que le hicieron prisionero.

Ya era tarde. El sol se ocultó y las estrellas se amontonaron en todo el cielo para velar a la princesa. El pueblo atestiguaba el dolor de Popocatépetl en silencio.

A la mañana siguiente, Popo decidió llevarse a Izta lejos, a un lugar en que los dioses pudieran acariciarla y entibiarla con su aliento. Juntó 20,000 hombres y con ellos apiló diez cerros uno sobre otro para acercarse al sol. Hasta la cima llevó el cuerpo de Iztaccíhuatl y se quedó a su lado, mirándola, besándola de vez en cuando, y alumbrándola con una antorcha durante las noches.

Pasaron muchos soles, muchas lunas, muchas guerras y muchas lluvias, y Popo seguía a su lado.

Al ver esto, los dioses les abrigaron con ramas y nieve para que se quedaran juntos y congelados para siempre. Su amor era tan grande que hinchó la tierra que los sepultaba hasta volverse volcanes.

Los volcanes aún se ven desde lejos, los observan los tlaxcaltecas y los mexicas. De vez en cuando el corazón ardiente de Popo expira, y lanza fuego y humo que sube y se confunde con las nubes.

El guerrero que mintió tratando de robar el amor de la princesa fue castigado por los dioses. Lo cubrieron de nieve y lo condenaron a ser otra montaña que a la distancia verá eternamente cómo Iztaccíhuatl y Popocatépetl siguen juntos. El mentiroso se llama ahora Citlaltépetl.

Leyenda del Popo y el Izta

Escucha la leyenda sobre la creación de estos dos majestuosos volcanes.

Audiospot

Compartir página

Más sobre Puebla

Más Leyendas

¡Te queremos con nosotros!

Suscríbete a nuestro newsletter y acompáñanos a descubrir México