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Danza de los Chicleros

Rítmica Selva

Llueve, la temperatura alcanza los 40° grados centígrados y los mosquitos pasan en oleadas. Todo es un gran verde tupido de maravillas y peligros; se le conoce como la selva del Petén, la hermana menor del Amazonas.  Un grupo de hombres avanza lentamente por un sendero que van formando a machetazos. Todo esto ocurre a principios del siglo XX, los hombres buscan el árbol del chicozapote, porque suda una goma que pueden vender a los ingleses que viven en Belice. Le llaman chicle, y a ellos, chicleros.

Duran hasta 6 meses en la selva, despertándose a las 4 de la mañana y caminando en la oscuridad entre roedores y murciélagos. Son rudos y tienen fama de sacar sus machetes afilados para arreglarse entre ellos o entre otros. Escalan árboles de hasta 30 metros y tiran las cuerdas desde las que colgarán para ir sangrando el árbol. Luego escurren el líquido blanco en bolsas de lona de dos kilos, hasta 10 bolsas por hombre, y hasta 20 árboles por día…

Hartos del campamento o el hato, como ellos le llamaban, en navidad y en Semana Santa bajaban a los pueblos cercanos para divertirse un poco. En las casas iluminadas sonaba la música de moda, una cosa curiosa de Belice, el Brokdown.

Los chicleros a veces no alcanzaban ni a bañarse. Era común verles con sus ropas de trabajo: pantalón de mezclilla, botas toscas y viejas, paliacate para el sudor en el cuello y la cabeza, camisa blanca y por supuesto, su sombrero. Pero poco les importaba. Bebían y bailaban hasta al amanecer. Se empujaban, y terminaban abrazados y felices.

Así nació el Baile de los Chicleros. Una de las pocas danzas que rescata la tradición de Quintana Roo. Su representación en nuestros días busca reflejar este episodio característico de los campamentos chicleros en el estado y, a la vez, reconocer el viejo oficio que durante siglos ha marcado a la cultura local.

Los bailarines visten a la usanza tradicional de los chicleros y su acompañante porta una falda lisa de color fuerte, blusa blanca, mandil de matas, zapatos blancos, el cabello recogido en un chongo, y algunas ollas amarradas con mecate.

El ritmo puede parecer ajeno al principio; no es un zapateado ni un meneo armonioso del cuerpo, los chicleros se mueven como bailando un poco reggae, un poco mambo, un poco borrachos. Persiguen a la mujer a través de la tarima y afilan constantemente sus machetes en el suelo. Ella va rechazando uno a uno mientras ellos platican, discuten y festejan. Al final, un chiclero es elegido, y sus largas jornadas de trabajo, los peligros por los que pasó en la selva, su cansancio y su pobreza son premiados bajo el oasis de una enorme falda de cocinera…
 

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